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Rock Barranquilla Colombia 1970
- 1975

The basic beginning of the underground Rock
scene in Barranquilla c. 1970-1971 with The band "Concha de Coco"...

Memorias de un
Rockero
(Reprinted from El Heraldo de Barranquilla)

Los "Daccarett Blues Band": Javier Gutiérrez, Pipo Shaw, Joseph Daccarett y Ed Whishie.
Por Eduardo Jalube
No es nada nuevo mi lucha y empeño
para lograr que el rock ganara un lugar en nuestra ciudad. Puedo afirmar que el
rock entró a Colombia y probablemente a Suramérica por Barranquilla.
Cuando mi generación, a mediados de los sesenta, iba a las matiné del Metro a
ver las películas de Elvis o ver a Trini López cantar la ‘Bamba’ ya se comenzaba
a calentar el ambiente, que vino a reventar con la llegada del primer álbum de
Los Beatles, que en español se llamaba ‘Las escobas que cantan’.
Pero cuando realmente nos afectó fue con la llegada de un disco que se llamó ‘La
invasión británica’ o ‘Inglaterra a Go-Go’, en el que por primera vez se
escuchaban grupos como The Yardbirds, que después sería Led Zeppelin, The Kinks,
Hernan Hermits.
Ahí es cuando realmente nace el rock barranquillero. Surgen grupos como Los
Tornados, Los Clippers, de los hermanos Bradford; Danger Devils, de Moisés
Sabbagh; Dark Shadows, de Darío Ospina, y Los Tom, que era mi grupo, aunque me
‘friqueaba’ el nombre.
Los conciertos eran en los colegios o en el
teatro Coliseo de la 82, cuna del rock’n roll ñero.
Había mucho entusiasmo, minifaldas, botas go-go y muchos padres correteando a
sus hijas en los conciertos. De repente irrumpen los setenta y ¡woao!, un gran
reviente: Woodstock, la liberacion sexual, el LSD, que fue la droga que
influenció para bien o para mal dicha generación.
Los Beatles cambiaron el peinado y se fueron a la India a meditar y sus letras
cambiaron, no eran mas “She loves you, yeah, yeah”, sino “Lucy in the sky with
diamonds”, entonces supimos que el mundo definitivamente nunca más sería igual.
Aquí también se sintió, a pesar de la represión familiar contra los cabellos
largos, y policial en los conciertos, pues muchas veces terminamos en una
comisaría sólo por hacer Rock’n Roll.
Vino ‘Concha de coco’, el trío que llamaban el mejor producto, con ‘Cabeza de
Galón” Toja en la batería, el gringo Jaramillo, la guitarra más rápida que ha
cruzado por estos lados, y mi persona en el bajo. Era una especie de sucursal
del trío británico la Crema: Clapton, Bruce y Baker.
Los Daccarett Blues Band, los favoritos de las chicas que gritaban y correteaban
al inolvidable Pipo Shaw, su cantante. Y no podían faltar Los Colores del Tiempo,
de los hermanos Visbal, que representaban la rebeldía y la fuerza dura anti-estableciemiento.
Al cabo de un tiempo me uní a Los Colores, y aunque discutíamos y nos dábamos
muñeca en escena, musicalmente nos comprendíamos y vibrábamos al ritmo frenético
del Metal Pesado.
¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos.
Barranquilla
on the
Rock’s
(Reprinted from El Heraldo de Barranquilla)
Por Adlai Stevenson Samper
La primera noticia rockera en el horizonte musical
barranquillero fue la presentación en 1955 de una película de Bill Haleys y sus
Cometas en el cine Metro. Hubo, por supuesto, arrebato y baile con la nueva moda
que bien pronto sería sustituida en los sesenta por el endiablado twist, paso
obligado para llegar a los movimientos de la nueva ola del cine mexicano con
César Costa, Enrique Guzmán y otros, quienes forjaban a su manera una adaptación
latina de la iconografía fílmica del mundo gringo de ese entonces. En Bogotá no
eran tan diferentes las cosas. Se inventaron a Lyda Zamora, la Chica Ye Ye de
Colombia; a Harold, Óscar Golden, Los Speakers, Los Flipers y un combo que a la
larga no era muy extenso. Las figuras más carismáticas para los adolescentes y
la juventud de principios de los sesenta en Barranquilla fueron Elvis Presley,
idolatrado en películas en que siempre, como buen muchacho de suburbio
norteamericano, salía bien librado y coronado con la chica más linda de los
alrededores, igual que las inocentes travesuras de celuloide de los melenudos de
Liverpool con sus caras y pintas de aparente tranquilidad en la locura,
deslizándose raudos a lo ‘Lucy in the Sky with Diamonds’.
Así que cuando comenzó la piedra de la juventud del primer mundo, con el
establecimiento y uno de los medios de expresión fue el rock, bastó que llegaran
de a poco las informaciones a Barranquilla —una ciudad por demás que siempre
estuvo atenta a estos procesos musicales externos— para que lentamente fuera
surgiendo un movimiento propio en torno al rock, con grupos, bailes, modas y
figuras representativas que conformarían el mosaico local de esa música.
Un fenómeno que abarcó varias zonas de la ciudad: el Prado, la calle 84, Parque
Venezuela, Parque
Washington, Bellomonte, una especie de ‘grocery’ ubicada a una cuadra de la
iglesia Torcoroma; Bellavista, Delicias y Boston, y que propició una verdadera
cruzada de escenarios en que se mostraba a sus anchas la beautiful people
currambera. Nada de saperías, puro amor y paz, todo bacano mi hermano, sodisíma
la vaina, desterrando los freaks y la mala nota. Porque todo era muy anglo, con
mucha bandera gringa de estrellas y barras, soñando los adolescentes de entonces
que además de los paraísos artificiales propuestos y dispuestos también estaban
las licencias del amor libre y soberano en que solo bastaba compartir la
aventura de un concierto con la acompañante para enrolarla, en todas las
acepciones del término, llevándola a la boca para soñar con Led Zeppelin,
Cactus, The Cream, Grand Funk Railroad, Santana Band, Jethro Tull, Genesis, Rick
Wakeman, Yes, Emerson, Lake y Palmer, que eran los grupos con mayor fanaticada
en la ciudad.
Cuando se estrenó el film ‘Woodstock’ en el antiguo cine Murillo, las colas
doblaban la cuadra y fue ocasión propicia para apreciar lo último en mechas y
adornos psicodélicos, pues re-crear el mítico festival en cine era casi como
disfrutar aquí, en casa, todos los hermosos pormenores de los tres días de paz,
música y amor que conmovieron el mundo. Otra película que solló a Raymundo y
todo el mundo fue una de Joe Cocker con su Banda de Perros Rabiosos e Ingleses
presentada en función de estreno nocturna en el Metro, con una presentación
previa del grupo bogotano ‘Las Ratas Urbanas’, que
desataron en su toque una verdadera fumigación masiva de los emocionados
espectadores.
También las funciones terribles de fin de semana en los cines Coliseo, Doña
Maruja y el Lido; siempre el mismo combo esperando el pretexto del heavy para
desatarse soltando las amarras para desesperación de la plácida multitud que los
observaba con una mezcla de burla y desprecio. Y después la rumba seguía en
algún Honguito, que fue la curiosa denominación que se les dio en Barranquilla a
las verbenas rockeras, llenas de humo y de vino de uva, de amor sin barreras, de
locura y desesperación, de cruce de vidas buscando quién sabe qué repique
especial de la batería, de algún punteo de la guitarra que abriera las puertas
de la definitiva dimensión desconocida.
Aquel enero inolvidable de 1971 en el parque Santander, inaugurando el año del
ratón con un concierto del grupo ‘Sobredosis de Celuloide’, en que aparece la
Policía y coloca en obvia desbandada a la mayor parte de los espectadores,
desaforados por las calles pidiendo refugio universal en las puertas de la
escuela de Bellas Artes ante la arremetida de los bárbaros, llave!
Cuentan que algún día de esos años, García Márquez vio a un grupo de muchachos
barranquilleros que interpretaban a la banda de rock latino Santana. Se le pidió
a su buen criterio estético la confección de un nombre para el grupo y resultó
‘Los colores del tiempo’, integrado en su primera época por Chalo Malabet en la
guitarra, Mario Vásquez en el bajo, Chicho Visbal en la batería, Pello Visbal en
el órgano y Jimmy en las congas. Fue uno de los grandes animadores de la escena
rockera junto con los ‘Dacarett´s Blues Band’, ‘Cualquier día de mayo’, ‘Sangre
coagulada en tubo de ensayo’ y sobre todo el grupo de Eduardo Jalube, Toja y el
Gringo Darío: el irreverente y ácido sonido heavy de ‘Concha de coco’.
El más conocido de los animadores de la escena musical de entonces era el
programa radial de Juan Carlos Buggy en Radio 15, con un sugestivo nombre que
despertaba y encendía anhelos a las 10 de la noche, de lunes a viernes: ‘Espacio
Libre’. A veces aparecía, para gloria de todos los coletos de la loca-lidad, con
unos segmentos escogidos de la ‘Ópera de Pekín’ intercalados con ‘Deep Purple’ y
los ‘Rolling Stones’, pues los Beatles había salido voluntariamente de
circulación y su sonido sereno y melódico se antojaba como pendejón frente a las
lisuras de grupos como ‘Black Sabbath’, que revolvían los nervios con su
estruendo de ultratumba.
Ese rock que se escuchaba en el viejo almacén Daro de la calle San Blas del
centro, con sus facilidades en las cabinas para escuchar música de gratis,
moviendo los estantes para desesperación del difunto Oñoro, que se llenaba de
paciencia con tanto muchacho peludo dando vueltas por su almacén sin comprar.
Afortunados los que tenían amigos en la Yunai y les traían sus discos con
tremendas carátulas que hacían padecer de vergüenza a las que se inventaban las
disqueras criollas, verdaderos adefesios baratieris para salir del paso y
garantizar, inteligentes que eran, que nadie les comprara nada, esperando todos
la llegada del que les traía el ansiado encarguito musical del exterior.
Pero el pionero rock barranquillero de los setenta era desesperadamente tropical
y terminó asumido, sumido por sí mismo, tragado en su vorágine cuando pasaron
las modas internacionales y se calmaron las jaranas del hippismo y del amor
libre. Los pelos lentamente se fueron recortando, los adornos extravagantes
desaparecieron y los bravos muchachos de ayer se estrenaron de universitarios,
de ejecutivos, casados, con hijos, para servir a la sociedad, trabajadores y por
supuesto se rodearon de gran parte de lo que antes criticaban con vehemencia.
Excepto Jalube, que persistió empecinado con su grupo en la pista del rockódromo
y de recopiladores de discos e informaciones del estilo de Roberto Abello, al
resto de la tribu le fue indiferente la suerte del rock local, hasta hace una
década en que fueron recogidas las banderas por una nueva generación.
Aquellos jóvenes de los setenta que arrumaron los bluyines raídos y los
instrumentos musicales en las esquinas y paredes de sus casas, esperando con
paciencia que uno de estos aburridos días lleguen otra vez los dinosaurios
calvos, cruel remedo de aquellos peludos de antaño para encenderle la potencia
dura a los equipos y recordar aquellos gloriosos días en que Barranquilla se
tomaba on the rock´s.
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